El mensaje social en este mundo machista es tajante: "Mientras más temprano te estrenes, más hombre serás". Y aunque resulta más cierta la existencia de vida en Marte que esta insulsa aseveración, el asunto se impone.
 
¿A cuántas ha pasado por las armas? ¿Ya comió de sal? Estas nada elegantes preguntas son la forma como amigos y familiares pretenden averiguar si el virgen ya no lo es.
 
Y ay de aquel que admita que sigue invicto: de inmediato pasa a ser visto con recelo y conmiseración y calificado de lento y poco viril. Por eso resolver el 'problema' se les vuelve un imperativo: a desvirgarse o a mentir.
 
La presión que enfrentan es tanta, que son capaces de perder su virginidad en cualquier zaguán, con tal de salvarse del señalamiento.
 
Lo peor es que nosotras no ayudamos, o que levante la mano una capaz de negar que enfrentar a hombres con el capuchón intacto no es fácil; a nuestros ojos brillan con una luz distinta: la del inexperto inocentón. Pocas son las dispuestas a ponerse de maestras de estos primerizos.
 
No entiendo por qué tanto embeleco con la virginidad, ni el afán de que ellas la conserven y que ellos la pierdan. ¡En los hombres ni siquiera se nota! No hay una mujer capaz de diferenciar un equipamiento masculino profesional de uno amateur.

Y no me digan que la experiencia se nota, porque conozco a muchos recorridos cuya ansiedad los convierte en eyaculadores precoces, lo mismo que a ciertos jóvenes.
 
¿Qué debe pasar para que se supere tanta creencia retrógada en torno a la virginidad de unas y de otros? Les digo: como el dinero, ésta se hizo para gastarla, eso sí bien. La idea es que cuando recordemos en quién la invertimos, podamos sonreír sin pena. Hasta luego.
 
ESTHER BALAC
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
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Fuente: El Tiempo